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martes, 17 de octubre de 2017

El premio de los insistentes


Al oir que era Jesús nazareno, comenzó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Y muchos lo reprendían para que callara, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 
Marcos 10.47–48

Como todos aquellos cuya vida transcurre en las calles y los lugares públicos de la ciudad, Bartimeo era un hombre que estaba enterado de todo lo que estaba pasando a su alrededor. La gente lo conocía, pues mendigaba siempre en el mismo sitio. Sin saber en qué preciso instante se enteró de la existencia de un tal Jesús de Nazaret, es evidente que estaba al tanto de los increíbles relatos que se contaban de este profeta que había surgido en Israel. El incidente que nos describe este evangelio nos deja un interesante ejemplo del valor, en el reino, ¡de ser obstinado!

La historia de Bartimeo revela que para lograr un cambio en nuestras vidas tenemos que estar insatisfechos con lo que tenemos. No cabe duda de que esto es el comienzo de algo nuevo. No obstante, no toda insatisfacción lleva a la búsqueda de algo mejor. En muchas personas la insatisfacción es un estado permanente que solamente ha servido para que vivan vidas amargas y resentidas. La clave en este tema es el grado de insatisfacción que sentimos. En mi país las personas a veces dicen: «estoy mal, pero acostumbrado». Al igual que lo israelitas en Egipto, están tan hundidos en el pozo de resignación que ya no albergan esperanza.

Bartimeo nos muestra una segunda verdad. Para lograr un cambio en la vida es necesario que tengamos una convicción absolutamente inamovible de que Jesús tiene lo que estamos buscando. Pienso que lo favorecía su posición de discapacitado. Estaba completamente perdido en la vida, pues la falta de visión le había privado de lo más elemental. Se veía obligado a mendigar y depender, en todo, de los demás. No le quedaba mucho por perder, pues ya lo había perdido prácticamente todo. De todas maneras Bartimeo creía, por lo que había escuchado, que Jesús podía resolver su situación. Estaba dispuesto a buscar de él aquello que necesitaba, a gritos si fuera necesario.

En tercer lugar, Bartimeo nos muestra que, para lograr un cambio, tenemos que estar dispuestos a cerrar los oídos a los que nos quieren desanimar. Al comenzar a gritar, muchos de los que estaban a su alrededor lo reprendieron y le decían que se callara. En demasiadas ocasiones en nuestra vida hemos permitido que otros nos intimiden. En otras ocasiones, son nuestros propios temores los que nos han frenado. No nos hemos animado a hacer el papel de ridículo, ni a pasar situaciones de vergüenza para lograr lo que estamos buscando. Nos ha preocupado demasiado el «qué dirán». Atemorizados, hemos mirado de lejos, deseando en lo secreto de nuestro corazón lo que Dios nos ofrecía, pero no animándonos a pagar el precio para tomarlo.

Bartimeo estaba desesperado, y eso lo llevó a pedir, a gritos pelados, que Jesús lo sanara. Cristo lo escuchó y le devolvió la vista, demostrando que muchas bendiciones en el reino son de los atrevidos.

Para pensar:

¿Cuánta pasión hay en sus plegarias? ¿Tiene convicción de que realmente no puede vivir sin esa bendición que le pide a Dios? ¿Cuánta humillación está dispuesto a soportar para conseguir lo que quiere?

viernes, 13 de octubre de 2017

El Poder Motivador Del Temor De Dios


Un temor de Dios sano y prudente hará lo mismo por ti y por mí. Un sentido más amplio 1) de la presencia de Dios, 2) de la majestad incomparable de Dios, 3) de la misericordia abundante y gracia de Dios, 4) de la lealtad de Dios, 5) de tu dependencia en Dios y tu responsabilidad hacia Él, 6) de tu relación con Dios y la prioridad de esa relación, 7) de la perfección suprema de Dios cambiará la dirección de tu vida, en todo aspecto, te llevará a una entrega amorosa y sin reservas a Dios; te impulsará a estructurar tu vida, ordenar tus asuntos y relaciones y a hacer decisiones según la voluntad de Dios. Vas a ser un hombre que camina con Dios en comunión íntima. Tu vida girará alrededor de Él para que puedas decir con Pablo, “para mí el vivir es Cristo”. Vas a estar estimulado y fortalecido para relacionarte con tu esposa y tu familia, a la manera de Dios. Llegarás a ser el hombre bendito (feliz) del Salmo 128, que se convierte en una bendición para su esposa y sus hijos. Construir una familia como Dios quiere no quedará como “el sueño imposible”, sino que será una realidad.

ADQUIRIENDO Y MANTENIENDO EL TEMOR DE DIOS:
Este nos lleva muy naturalmente a la pregunta ¿cómo puede uno conseguir y mantener este sano temor de Dios? Esto es posible sólo si has nacido en Jesucristo. Solo, vas a temer a Dios en la manera sofocante y destructiva descrita previamente. No requieres una obra especial de Dios en tu vida para estar aterrorizado de Dios. Pero temer a Dios en la manera apropiada es otro asunto. Este requiere una obra de gracia Dios en tu vida. El Espíritu Santo te tiene que impulsar a nacer de nuevo espiritualmente y ser redimido del pecado por la obra de Jesucristo.


Sin salirse este asunto, Pedro nos reta a vivir nuestra vida en temor reverente, cuando conocemos que hemos sido redimidos por la preciosa sangre de Cristo (1 Ped. 1:17–19). Parece que Pedro está diciendo que nuestra redención en Cristo proporciona una doble razón para que tengamos temor de Dios: 1) Debe inspirar un gran concepto de Dios por la manera en que nos salvó. Hemos sido librados del castigo y del poder de nuestro pecado por, nada menos que, la muerte del propio Hijo de Dios, Jesucristo. 2) Pedro afirma que la redención de Cristo incluye la liberación de nuestro antiguo estilo de vida, en lo cual faltaba un temor reverente de Dios (Rom. 3:18). Tal vez ahora estás pensando, “soy cristiano, pero el temor de Dios no es muy fuerte en mi vida.” Este era el problema de Gregorio: había confesado a Jesucristo como su Señor y Salvador; quería agradar a Dios pero su temor de Dios era pequeño, y su relación con Él, superficial. En tal caso, ¿qué más necesitas para desarrollar en tu vida una conciencia más amplia del Dios vivo y verdadero? 

La Palabra de Dios que nos llega por medio de Jeremías nos da pistas importantes en este asunto: “y me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios. Y les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos. Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí.” (Jer. 32:38–40). Toma nota cuidadosa de lo que este pasaje dice de los que temen de Dios. La gente de Dios, los que pertenecen a él temen a Dios. Le temen porque Dios los inspira a hacerlo y no como una inclinación natural. Él les da unidad de corazón y acción. Pablo reconoce eso y escribió, “Dios, que mandó que a las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.”(2 Cor. 4:6). Pablo dijo que nunca comprenderíamos la majestad y gloria de Dios a menos que Dios encienda la luz en la oscuridad de nuestro corazón. Él tiene que proveer la iluminación de nuestro hombre interior si queremos entender Su esplendor.

martes, 10 de octubre de 2017

Tened por sumo gozo


Hermanos míos, gozaos profundamente cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Pero tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna. 
Santiago 1.2–4

Este es un pasaje bien conocido para todos los que llevamos un tiempo en el camino del Señor. No debemos permitir, sin embargo, que la familiaridad con el texto nos robe la posibilidad de seguir aprendiendo lo que Dios quiere decirnos a través de su Palabra. Hay varios puntos importantes en la exhortación del apóstol Santiago.

En primer lugar, debemos notar que el apóstol anima a los hermanos a una actitud de gozo en medio de las dificultades. El gozo es una de las cosas que caracteriza a los que andan en Cristo y no deben existir situaciones que nos priven de disfrutar de él. Normalmente, el gozo es el resultado de algo que nos hace bien, algún acontecimiento, alguna palabra, alguna experiencia que encontramos agradable para nuestro ser. En estas situaciones, nuestros gozo se desborda y lo compartimos con otros.

He aquí nuestra dificultad, entonces. ¿Cómo gozarnos cuando nos encontramos en situaciones de prueba? La mayoría de nosotros no logramos sentir el más mínimo gozo cuando estamos sumergidos en situaciones que consideramos negativas o tristes. Santiago, sin embargo, nos está ayudando a entender que esto NO es el resultado de tener los ojos puestos en la prueba o tribulación por la que estamos atravesando. Lógicamente, ninguna crisis va a inspirarnos para dar gracias, ni tampoco a sentir alegría. Al contrario, cuanto más la analizamos más profundamente nos desanimamos.

La exhortación de Santiago no es a mirar la prueba, sino el resultado de la prueba. ¿Cuál es ese resultado? Que seamos perfectos y cabales, sin que nos falte nada. En esa expresión «sin que falte nada» está incluida justamente la perspectiva que en este momento no nos permite gozarnos! La palabra «perfecto» es muy importante en el Nuevo Testamento. No se refiere a que seamos personas que nunca cometen errores, ni caen en pecado. ¡Nada de eso! Se refiere, más bien a la perfección desde la óptica de Dios, que es la posibilidad de vivir, en toda su plenitud, la vida a la cual el Señor nos ha llamado, cumpliendo así el propósito para el cual fuimos creados.

Tome nota de un detalle importante en el texto: no es usted el que está siendo probado, sino su fe. Claro, usted me dirá que de todos modos usted es el que sufre la prueba. El Señor, sin embargo, no se ha propuesto hacerle pasar un mal momento solamente por un capricho de él. Él está trabajando para que su fe sea la que debe ser. Usted y yo sabemos que esto es muy importante, pues la fe es uno de los ingredientes básicos de la vida espiritual. «Sin fe», nos dice el autor de Hebreos, «es imposible agradar a Dios» (11.6). De modo que necesitamos de toda la ayuda que él pueda darnos en esto, para tener una fe viva, dinámica y robusta.

Para pensar:

¿Cómo se lleva a la práctica esto? Lea Hechos 16.22–34 para ver cómo lo hicieron Pablo y Silas. ¡Allí tenemos un tremendo ejemplo del gozo en medio de las aflicciones!

lunes, 9 de octubre de 2017

El Cimiento de las Relaciones Familiares Que Honran a Dios


LO PRIMERO ES LO PRIMERO ¡ESPOSO Y PADRE AL MÁXIMO!

Cuando la mayoría de la gente observaba a Gregorio (un seudónimo), veían en él todos los signos del éxito. Era un hombre bien vestido, inteligente, tenía una esposa atractiva y culta y dos niños dotados. A la edad de cuarenta era muy rico; además, era un líder distinguido en su congregación. Gregorio parecía ser el modelo de un hombre de éxito. Sin embargo, allí estaban sentados, él por un lado y su esposa por el otro lado, frente a mí, en mi oficina de consejería. Aparentemente habían venido a buscar consejo para tratar con un pariente problemático; pero era evidente que el problema verdadero eran ellos mismos. Gregorio tenía éxito en muchas áreas de la vida, pero en lo verdaderamente vital no estaba bien. Tanto él como su esposa concordaban en que él tenía serias deficiencias como esposo y padre. 

Su esposa estaba bien lastimada y se sentía apartada de él. “Lo admiro mucho,” reconoció, “pero no siento que en realidad él me quiera o me respete. No deja acercarme. Yo quiero que convivamos más, especialmente en las cosas espirituales. Pero no hay manera.” Gregorio reconoció que estaba descomponiendo su relación por cosas que él había hecho o dejado de hacer. Confesó, “Mi esposa es muy piadosa, cariñosa, pero yo no pongo la parte que me corresponde de cooperación en el hogar”. 

Gregorio y su esposa no se estaban animando mutuamente ni se estimulaban uno al otro al amor y las buenas obras (Prov. 27:17; Heb. 10:24, 25). En sus relaciones con sus hijos había casi nada de acercamiento emocional. Él no estaba muy interesado en compartirles la instrucción (consejo) y disciplina del Señor. Por descuido, eso había llegado a ser responsabilidad de su esposa, principalmente. Su influencia en la vida había sido mínima. De hecho, cuando sus hijos llegaron a la adolescencia, la distancia entre ellos se hizo más grande. Gregorio representa cientos de hombres que conozco y miles que no he conocido. Tal vez tú seas uno de ellos. Tal vez no tengas tanto éxito en los negocios como él, y creas que eres un cristiano que quiere ser un mejor esposo y padre. 

LA CLAVE:
En este capítulo, quiero compartir contigo la perspectiva de Dios, que nos muestra el factor más importante para llegar a ser esposo y padre. Dios ve este factor como la clave para convertir a un hombre en una bendición poderosa para su familia. Este es el elemento que hacía falta en la vida de Gregorio.

¿Cuál es este factor clave? Salmo 128:1–4 lo describe así:
“Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, que anda en sus caminos. Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien. Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa. Tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa. He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová.”
Aquí tenemos un cuadro de los varios aspectos de la familia ideal de Dios: cómo son, cómo funcionan, cómo se relacionan uno con el otro, y lo que los esfuerza y motiva para lograrlo. En este capítulo vamos a considerar lo que el salmo enseña sobre el esposo y padre. En los siguientes dos capítulos vamos a enfocar nuestra atención en la descripción de la esposa y madre y los hijos.

LOS BENEFICIOS DE TEMER A DIOS:
Este salmo indica que para ser el tipo de esposo y padre que Dios quiere que seas, debes ser un hombre que teme a Dios (v. 1, 4). Un temor apropiado de Dios te va a convertir en una bendición extraordinaria para tu esposa y tus hijos. Serás apreciado por tu familia. Llegarás a ser un esposo y padre efectivo. El temor de Dios va a ser la tierra en donde crecerá tu influencia positiva y la razón básica que hará que tu familia se levante y te bendiga. Te animo a meditar en lo que la Biblia dice que te va a ocurrir, a un hombre que teme a Dios.

Dios dice que los que temen a Dios:
1.Recibirán instrucción divina en cuanto a las selecciones que deben hacer (Sal. 25:12).
2.Son prósperos en todo (Sal. 25:13; 112:3).
3.Experimentan la bondad de Dios (Sal. 31:19).
4.Son objeto especial de la protección de Dios (Sal. 31:20).
5.Tienen hijos a quienes Dios muestra gran compasión (Sal. 103:11–18).
6.Tienen descendientes que van a ser grandes en la tierra (Sal. 112:2).
7.Son motivados a ser amables y generosos (Sal. 112:4, 5)
8.Van a demostrar más confianza y valentía (Sal. 112:6–8; Prov. 14:26)
9.Van a experimentar el contentamiento (Sal. 112:5, 6; Prov. 19:23)
10.Van a ser gente de oración, y sus oraciones serán escuchadas (Sal. 145:19)
11.Son bendecidos con sabiduría (Prov. 1:7; 9:10)
12.Aceptan la enseñanza y apacibles (Prov. 8:13; 14:26; 15:33; Hech. 9:31).
13.Se caracterizan por su integridad y su lealtad (Job. 2:3).
14.Son considerados y amables (Sal. 112:4–5).
15.Son notables por su conversación constructiva (Mal. 3:16).
16.Son pacientes, esperanzados y genuinos (Sal. 147:11).
17.Perseveran en hacer lo bueno (Sal. 112:3, 5; 2 Cor. 7:1).
18.Trabajan duro, pero no tanto como para no dedicar un tiempo a la diversión (Sal. 128:3).
19.Aceptan la responsabilidad de su propia familia pero sin exceso (Sal. 128:3).
20.Están dedicados a su familia y la consideran una fuente de mucha satisfacción (Sal. 128:1–4).
21.Se deleitan en adorar a Dios (Apoc. 14:7).
22.Aman las Escrituras y ordenen su vida según los mandamientos de Dios (Sal. 112:1; Ecl. 12:13).

¿Cómo aplica todo esto mi amigo Gregorio a sus problemas de familia? Ciertamente, él necesitaba instrucciones específicas para los temas que lo involucran como esposo y padre. En el curso de consejería, discutimos estos temas en detalle. Él necesitaba un temor de Dios sano y prudente en su vida.

LO QUE ES EL TEMOR DE DIOS:
¿Qué quiere decir “ser un hombre que teme a Dios”? Respuestas confusas a esta pregunta te pueden impedir construir una familia como Dios quiere. Algunas personas tienen un temor a Dios que es pesado, hasta opresivo. Si piensan en Dios les provoca ansiedad, miedo o pavor. Su temor a Dios es debilitante; una maldición en vez de una bendición. Creen que Dios está para agarrarlos, que es malhumorado, vengativo e irritante.
Un ejemplo de esta clase de temor lo vemos en la historia que Jesús contó sobre los tres hombres que recibieron los talentos. Dos de los hombres invirtieron sus talentos y produjeron ganancias. El tercero no puso a trabajar su talento. Cuando los llamaron a dar cuentas, éste último explicó su inactividad diciendo, “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento” (Mat. 25:24–25, énfasis añadido).

El miedo de este hombre lo hizo inútil para actuar. El concepto que tenía de su maestro era de un déspota vengativo que se deleitaba en avergonzar a la gente, y dar rienda suelta a la venganza. Tal actitud derrotista refleja la visión de mucha gente hoy en día. Viven con miedo de otras personas, las circunstancias o lo que pueda pasar. Consideran a Dios de la misma manera que este hombre de la historia veía a su maestro.

Pero el temor de Mat. 25:25 no es el temor de Dios descrito en el Salmo 128. El primero te va a empobrecer y a tu familia; y el segundo va a enriquecer tu vida. El miedo de Mat. 25:25 causará que seas inseguro, descontento, no perdonador, odioso, autoritario o esclavo. Pero el temor del Salmo 128 produce efectos opuestos: es constructivo, no destructivo, te llevará hacia Dios, no te mandará lejos de Él; te va a estimular a la acción responsable, no a engendrar pereza; te motivará a que busques a los demás, no a esconderte; te ayudará a servir a otros y a desminuir tu egoísmo y a demoler otros temores que te han impedido vivir con confianza, gozo y fruto.

Las Escrituras aseveran que si estás en unión con Cristo Jesús, no tienes porqué estar cautivo a un miedo que involucra el pavor a Dios. Si no has experimentado el perdón de Dios por la redención de Cristo, tienes toda la razón para tener miedo de Dios porque nunca has hecho las paces con Él. Pero si has confiado en Cristo para la salvación y el perdón de tus pecados, confesándolo como Señor, la Biblia dice que, no tienes causa de estar bajo este tipo de miedo. Dios te ha dado el espíritu de ser Su hijo y el derecho de llamarle Padre (Rom. 8:15). Y como hijo del Padre celestial, amoroso y compasivo, eres un heredero de la gloria (Rom. 8:17), estás justificado, reconciliado con Dios y salvado de la ira de Dios por medio de Jesús (Rom. 5:9–10). Por tu relación con Jesús, no tienes que estar perturbado al pensar en Dios. De hecho, ahora tienes toda la razón para gozarte en Dios, temiéndolo en la manera positiva, descrita en el Salmo 128. Y eso nos lleva a preguntar exactamente que quiere decir temor de Dios. 

De manera sencilla: el temor de Dios es la respuesta inevitable de un entendimiento creciente y bíblico de, y una relación con, el verdadero y viviente Dios quien ha sido revelado por Jesucristo.


La esencia del temor de Dios lo ilustra vívidamente la vida de Moisés en Éxodo 15:1–18. Antes de este pasaje, Moisés tuvo una experiencia que engrandeció bastante su concepto de Dios. El Señor había rescatado milagrosamente y con poder a Su pueblo de la destrucción segura a manos de los egipcios. Dios había partido las aguas del mar Rojo y permitido a los Israelitas.

viernes, 6 de octubre de 2017

Cristo, La Vid Verdadera


Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. 
Juan 15.1–2

Con frecuencia Israel había sido representado, en el Antiguo Testamento, como una vid. En la mayoría de los casos, sin embargo, esto no constituía ningún halago, pues los profetas casi siempre la habían denunciado por la pobre calidad de su fruto. Cristo declaró a sus discípulos que él era la vid verdadera. Él es la planta de la cual se nutre toda rama, todo gajo, toda hoja, todo racimo y toda uva. La iglesia no es la vid, ni tampoco lo son los pastores, ni los encargados de diferentes ministerios dentro de la congregación. La iglesia es parte de las ramas, pero lo que sostiene a todo, y está en todo, y se mueve por todos, es Cristo.

El Padre no es la vid. El Padre es el dueño de la vid y el que la trabaja. Solamente él ve la vid en su totalidad y sabe dónde necesita ser podada, dónde necesita ser apuntalada, dónde necesita que la tierra alrededor de sus raíces sea removida. Él conoce las necesidades de la vid como no pueden conocerlas los más astutos observadores humanos. El trabajo del Padre tiene el propósito de asegurar que la vid cumpla la función para la cual ha sido creada, que es producir uvas en abundancia.

Para asegurarse este resultado, el Padre realiza dos actividades fundamentales. Las ramas que no producen fruto las corta y las echa fuera. En esto, Cristo no anduvo con rodeos, sino que dejó absolutamente claro el procedimiento del Padre. La rama existe para llevar el fruto que la vid produce en ella. La rama que no cumple esa función no puede permanecer en la vid como adorno. De persistir su infertilidad, aun habiéndole proporcionado los cuidados necesarios, se la quita de la planta. Esa rama está utilizando recursos y energía que podrían ser mejor aprovechados por las ramas que sí son productivas.

Una segunda actividad del Padre tiene que ver con las ramas que producen fruto. Cristo no dijo que las ramas se comparaban entre ellas para ver cuál daba más uvas, o cuál producía la más sabrosa fruta. Tampoco dice que el Padre les da una «palmadita» por su buen trabajo en producir fruto. El Señor declaró que el padre poda las ramas que dan fruto, para que produzcan mayor fruto. Cualquier productor sabe que este proceso, que es momentáneamente doloroso, acaba fortaleciendo a la rama y a la planta en general.

Para pensar:

La analogía apunta a dos claras conclusiones. En primer lugar, no existen categorías de ramas, algunas con «llamado» y otras no. Todas las ramas, sin excepción, deben producir fruto. Ninguna rama ha sido destinada a la función de decorar. En segundo lugar, nadie se salva de la tijera de Dios, ni siquiera los que «andan bien». ¡Todos son podados! Algunos para vida, y otros para muerte.

jueves, 5 de octubre de 2017

La sal de la tierra


Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. 
Mateo 5.13

Jesús, al igual que en otras ocasiones, escogió un elemento común en la vida de los israelitas para ilustrar la influencia que debe ejercer un discípulo en el mundo. La sal tenía, en la antigua Palestina, dos funciones principales. Se la usaba para darle gusto a la comida y como medio para preservar de la descomposición a la carne. También estaba incluida en algunas de las ceremonias religiosas en el templo, atribuyéndole un significado purificador. La sal que usaban los israelitas provenía de las orillas del Mar Muerto. Por estar mezclada con otros minerales, no contenía la misma pureza que otras sales, pero era fácilmente accesible.

Cristo comparó la función de los discípulos en el mundo con el uso de la sal. 

En primer lugar, debemos notar que la sal es enteramente diferente a la comida y mantiene su sabor distintivo al ponerla en los alimentos. No adquiere el sabor de la comida a la cual se la agrega, sino que la comida queda saborizada por la presencia de la sal. De la misma manera, un discípulo de Cristo debe poseer una vida distintiva, diferente a la de las personas a su alrededor. Cuando participa de actividades y eventos que le llevan a tener contacto con la gente del mundo, el discípulo debe claramente contagiar a otros sus principios y conductas. De ningún modo debe el discípulo adquirir el «sabor» del mundo. 

En segundo lugar, la influencia de la sal en la comida se da simplemente por su presencia en ella. Cuando la sal es mezclada con los alimentos, no reacciona de manera particular para producir el sabor salado. El sabor se debe al hecho de que está presente en la comida. Del mismo modo, un discípulo no se dedica a realizar actividades especiales para «salar» a los de su alrededor. La acción de salar no se programa, sino que es el resultado de un estilo de vida cuya acción es permanente, pero no deliberada. 

En tercer lugar, debemos notar que la sal es más efectiva cuando se la pone en la medida justa. Si se echa demasiada sal en la comida no se la podrá comer. De la misma manera la presencia del discípulo en el mundo es más efectiva cuando su testimonio se produce en forma natural y espontánea, como parte de su experiencia cotidiana. Ciertos sectores de la iglesia se han dedicado a instar a sus miembros a una actitud de permanentes prédicas de condenación hacia los que no están en Cristo. En la mayoría de los casos, solamente consiguen poner a las personas en contra del evangelio.

Por último, la sal se utilizaba para evitar el proceso de descomposición de la comida, especialmente la carne. La presencia de la iglesia en la sociedad debe ser un factor que preserva al hombre de la podredumbre natural que produce el pecado. Donde están los hijos de Dios, se debe ver la acción redentora del Señor.

Para pensar:

La sal solamente sirve mientras sea sal. Al dejar de cumplir la función de sal deja de tener razón de ser.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Culpable del cuerpo y la sangre


Así pues, todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que coma este pan o beba esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. 
1 Corintios 11.26–27

En todos los años que llevo sirviendo dentro de la iglesia, estudiando y enseñando la Palabra de Dios, nunca he podido entender cuál es el origen de un concepto firmemente instalado en la mayoría de las congregaciones que he conocido. Esta enseñanza afirma que participar de la cena en forma indigna se refiere a no estar bautizado. Cuánto más leo el pasaje sobre la cual hoy meditamos menos sustento encuentro para este argumento.

Es verdad que Pablo afirma, en 1 Corintios 12.13, que por medio del Espíritu fuimos todos bautizados en un mismo cuerpo. La afirmación, sin embargo, no da ningún indicio de que era esto lo que tenía en mente cuando exhortó a la iglesia acerca de la práctica de la cena. Pablo amonesta a la iglesia por un tema que ya ha tratado en otra parte de su carta, el asunto de las divisiones existentes entre ellos. Esto forma la base de su exhortación. Su tristeza se debe a que «al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y mientras uno tiene hambre, otro se embriaga» (1 Co 11.21). Es decir, dentro de las reuniones se veían los mismos comportamientos egoístas e individualistas que caracterizan a aquellos que no tienen a Cristo. Cada uno pensaba solamente en su propia necesidad, sin importarle la situación de la persona que tenía a su lado. Por esta razón el apóstol afirma que el congregarse no es «para lo mejor, sino para lo peor» (1 Co 11.17).

En la carta a la iglesia de Éfeso el apóstol declara: «todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (4.16). El texto claramente revela que el crecimiento del cuerpo se produce cuando las partes están unidas y funcionan correctamente unas con otras. Cuando cada parte del cuerpo piensa solamente en su propia necesidad, no puede cumplir la función para la cual fue creada, que es bendecir y complementar las otras partes del cuerpo.

La cena es un tiempo en la cual recordamos la muerte de Cristo. El acto de recordar, sin embargo, no se concentra en la muerte física del Mesías, sino en la razón por la cual fue necesaria esa muerte: el pecado que nos convirtió en seres con un marcado desinterés en Dios y en los demás. Cuando participamos indignamente de la cena estamos despreciando el sacrificio que buscó revertir esa situación, porque insistimos en los mismos comportamientos pecaminosos que han caracterizado la vida del hombre desde la misma caída.

Para pensar:

¿Qué actitudes en su vida podrían ser de poca edificación para el cuerpo de Cristo? ¿Qué pasos toma para combatir el individualismo que es común a todos los hombres? ¿Cómo puede mostrar mayor aprecio por el sacrificio que Cristo hizo en la cruz?

lunes, 2 de octubre de 2017

Insertados en la historia


Entonces él les dijo: ¡Insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían. 
Lucas 24.25–27

Los discípulos que caminaban hacia Emaús estaban completamente confundidos por los eventos de los últimos días. Durante el tiempo compartido con el Mesías habían descubierto asombrosas cualidades en su persona. Se imaginaban un apasionante e increíble futuro a la par de Jesús. Mas ahora, todo quedaba en la ruina. De un plumazo Cristo había sido quitado de sus vidas y colgado de un madero mientras sus seguidores se dispersaban, llenos de pánico.

La depresión y el desánimo instalado en el corazón de estos dos que van por el camino se debe, en parte, a que no logran quitar los ojos de la calamidad que les ha acontecido. No logran retroceder en el tiempo para rescatar, de entre las muchas enseñanzas de Jesús, las palabras que él les había dado con respecto a este preciso evento. La única realidad que ellos conocen es este presente de aguda angustia. Por estar detenidos en él no encuentran los elementos para reconstruir su realidad ni para hacerle frente al futuro.

Cristo llegó hasta ellos en forma anónima y, nos dice el texto de hoy, «comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían». Es decir, el Mesías los elevó por encima de lo inmediato y consiguió darles una perspectiva más real de los acontecimientos, insertándolos en el desarrollo de la historia según la visión del que determina los caminos del hombre, Dios mismo. ¡Qué importante es poseer la capacidad de salir de lo inmediato, para contemplar nuestra realidad dentro del marco del accionar de Dios a lo largo de los siglos! Todos nosotros tenemos la tendencia a creer que la vida comienza y termina con nosotros, que el ministerio en el cual servimos nació por iniciativa nuestra y que todo gira en torno de nuestra existencia. Con esta perspectiva sumamente pequeña de las cosas, nuestras inversiones tienden a ser temporales y nuestro compromiso pasajero. Es importante, sin embargo, que veamos nuestra existencia dentro de la historia de un pueblo que ha caminado con el Señor desde antaño. No existimos en un vacío, sino que nuestras vidas son parte de la marcha de una nación santa, apartada para servir en los propósitos de Dios.


Cuando entendemos que lo nuestro es una parte muy pequeña de algo mucho más grande que nosotros, nuestro sentido de importancia disminuye notablemente. No somos indispensables para nada, ni lo que estamos haciendo resulta tan fundamental como creemos. Se nos ha concedido la gracia de participar en los proyectos eternos del Señor, pero mucho antes de que nosotros llegáramos él estaba moviéndose, y mucho después de que hayamos desaparecido, él seguirá moviéndose. Lo nuestro solamente tiene sentido cuando se lo contempla dentro de las pinceladas del Dios eterno a quien servimos.

Ministerio Palabras de Vida.

Golpe de Timón


Cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. Entonces, pasando junto a Misia, descendieron a Troas. Una noche, Pablo tuvo una visión. Un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: «Pasa a Macedonia y ayúdanos». Hechos 16:7–9

Este incidente en la vida del equipo misionero que viajaba con el apóstol nos ofrece valiosas lecciones acerca de la relación que debe existir entre los que hacen la obra y el Espíritu. Nos recuerda que servimos a Dios y que nuestro deseo debe ser siempre estar caminando en las obras que «Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef 2.10).

No debemos olvidar que Cristo dejó instrucciones específicas a los discípulos cuando ascendió al Padre: «me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra» (Hch 1.8).

Habiendo recibido tales directivas, pensaríamos que ahora lo único necesario era comenzar a cumplirlas. En esto, Pablo no hacía más que buscar la manera de extender el reino hasta lo último de la tierra. Teniendo posesión de las directivas generales, la mismas quedaba en sus manos. Esta postura, sin embargo, hace innecesaria la obra del Espíritu, el cual ha sido dado para guiar a los hijos de Dios (Ro 8.14) y claramente contradice el estilo del libro de Hechos. Allí encontramos mucha evidencia de la manera en que obra nuestro Señor en sus proyectos, participando plenamente de ellos a cada paso del proceso. No desea que sus hijos descarten en ningún momento el saludable hábito de incluirlo en todo lo que hacen. Es por esta razón que no puedo evitar cierta incomodidad con esos planes evangelísticos y misioneros donde dividimos la ciudad o el mundo en sectores y asignamos cada parte a diferentes grupos. No hay nada de malo con la idea; solamente que es muy racional y humana. La manera en que Dios guía parece ser enteramente diferente a estos planes elaborados con el uso de estrategias sistemáticas.

Él sabe cuáles son los lugares particulares y el momento oportuno para nuestra colaboración. Si bien no pierde de vista el objetivo final, los pasos puntuales los tiene que determinar él, usando un sinfín de elementos que desconocemos por completo. Conocer su voluntad, entonces, pareciera requerir de una permanente comunicación con el Señor, acompañada de una sensibilidad absoluta a las maneras en que quiera corregir nuestros pasos mientras vamos por el camino que, según entendemos, nos ha marcado. Lo que sí parece evidente es que el Señor no revela su voluntad a las personas que están sentadas esperando conocer sus deseos antes de ponerse en marcha. Tenemos suficientes directivas generales para saber en qué dirección comenzar a caminar. Es mientras caminamos que él hará las correcciones necesarias para que lleguemos al destino indicado. Esto presupone, de nuestra parte, una disposición a ser corregidos y un deseo de abandonar nuestro plan para apropiarnos de su plan. No es una mala manera de trabajar.

¡La iglesia de Hechos consiguió convulsionar el mundo romano con esta estrategia!

Para pensar:
¿Cómo descubre la voluntad de Dios para su ministerio? ¿Qué parte tiene el Señor en la elaboración de estos planes? ¿Qué pasos toma para que el Señor los pueda modificar, si fuera necesario?

Ministerio Palabras de Vida.