Salmo 133:1 : ¡Qué bueno y agradable es que los hermanos convivan en armonía!

miércoles, 20 de septiembre de 2017

¿Tiene La Biblia Acceso a Ti?


“La Biblia no es para la gente”. Suena como una barbaridad, pero era la postura de la iglesia Católica durante la Edad media. La Biblia, era propiedad del clero. No, mejor dicho, ¡de Roma!. No circulaba entre la gente, ‘la Vulgata -versión de entonces- estaba en Latín, inaccesible para el hombre común. El clero mismo se veía restringido. En la misma medida que se acercaba a sus páginas estaba alejado de su significado. El estudio y la interpretación personal era un ejercicio permitido pero inválido, sólo lo que concordaba con la interpretación oficial de Roma era autorizado.

Y para complicar las cosas, la hermenéutica medieval era ambigua. Habían cuatro lentes para enfocar-o desenfocar- la Escritura: la interpretación analítica, tropólogica, alegórica y literal. De estas, la literal era la menos utilizada. Lutero mismo, al comienzo, consideraba la interpretación alegórica superior a la literal.

La Reforma, reformó esto. Abría acceso mediante nuevas traducciones, la interpretación de sentido literal fue redescubierta, la Biblia recobró primacía y despojó a la tradición: Las Escrituras salieron de la biblioteca sagrada a los púlpitos para que: “la palabra corrierá y fuera glorificada”. Al fin, la gente tuvo acceso a la Biblia y la Biblia a ellos. Hoy dia, la Biblia brilla como el sol, pero no sin sus eclipses, pues sería ingenuo pensar que toda clase de predicación es sol despejado. Pudiéramos clasificar la clase de predicación de hoy día en tres categorías. 

La primera de: 
Predicadores que se predican asimismo con la Biblia
En los púlpitos de hoy hay proclamadores, pero ventrílocuos también. Líderes con su propia onda religiosa que no tienen otro interés más promover su rollo usando la Biblia como sus cuerdas vocales. La Biblia es su voz, pero la doctrina es propia. Satanás es el modelo de esto. Cuando visitó a Jesús en el desierto, se le ocurrió darle una prédica: ¡increíble pero cierto!, Satanás le predicó a Jesús de la Biblia. Envolvió sus sugerencias diabólicas en papel de la Biblia. Claro, utilizando versículos desorbitados de contexto. Los falsos profetas así también lo practicaron, comenzaban su proclamación diciendo: “Así dice el Señor”, pero al final profetizaban lo que al rey se le antojaba, y les librara el pellejo.
El apóstol Pablo se sabía ajeno a esa clase de ministerio: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús.” 2Cor. 4:5.

La segunda esta formada de:
Predicadores que predican de la Biblia
A diferencia de los primeros, estos, no se predican a sí mismos, predican el sistema de verdad en el que fueron inculcados. Algunos sistemas cuadran con la Biblia pero su verdad abarca sólo una porción del vasto terreno de la verdad. Si la Biblia incluyera sólo las porciones de un sistema de verdad, sería muy esbelta.

Las congregaciones alimentadas por esta clase de predicación se llevan a casa Biblia, pero en pedazos. Nunca son zambullidos de lleno en la Biblia. Las ovejas de estos ministerios tienden a desarrollar una sobredependencia en su pastor -quien controla y es el experto en el sistema. Y los pastores bajo este sistema no se atreven explorar la Biblia sin los anteojos del sistema puestos. Todo lo que cae fuera, puede desquiciar su equilibrio espiritual.

Por último, la tercera se forma de:
Predicadores que predican la Biblia
Estos predicadores entienden que la Biblia viene antes que todo sistema de verdad sin importar cuan bíblico suene. Por ende, su pasión es enseñarla en su contexto original. Exponen libro tras libro de las Escrituras sin temor a que tal exposición mine sus doctrinas y con la meta de que las ovejas aprendan a estudiar la Biblia por sí solos. Su meta es que con el tiempo la Biblia crezca y el maestro mengüe. Tanto el Apóstol Pablo como Pedro enseñaban así. En su última epístola, ambos anuncian su próxima partida con el Señor y antes de encomendar a sus lectores a sus epístolas personales los encomiendan a las Escrituras establecidas por siglos del Antiguo testamento. Las exaltan consciente de que estas son, como Pablo literalmente lo describe con la palabra θεόπνευστος, el aliento entintado de Dios.

Por otro lado, no hay nada de malo y mucho de bueno en predicar un sistema de verdad, una confesión de fe, un teologia sistemática. Pero nunca debe ser superior al estudio directo inductivo de las Escrituras sin impedimento.


Los Bereanos en el libro de Hechos 17:11, modelaron el perfecto equilibro. Cuando Pablo llegó a predicarles un nuevo sistema (Pablo sistematizó muchos versículos del AT que anticiparon al Salvador y la salvación) no se rehusaron a escucharlo, pero no sin después verificar que estas verdades concordasen con las Escrituras. Alguna vez te has preguntado ¿Qué clase de predicador es tu pastor? ¿Cómo lo clasificarías? Como uno que se predica asimismo con la Biblia, o que predica de la Biblia, o aquel que en realidad predica la Biblia. Alguien sabiamente dijo: somos lo que comimos hace 5 años. Pasa igual con el alma, somos espiritualmente lo que consumimos en la predicación. Entre más Biblia contenga la dieta del púlpito, de mayor saludo gozará tu alma.

Ministerio Palabras de Vida.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El Pecado en el Creyente


La realidad de las cosas es que todos somos pecadores, no importa si unos más o unos menos, en cuestión de pecado y santidad no existen las competencias; un vestido blanco deja de estar totalmente blanco por una pequeña mancha. El problema es que nos enfocamos en el tamaño de la mancha y por su medida juzgamos si alguien, o inclusive nosotros mismos, merecemos o no el perdón que ofrece Cristo; este enfoque es completamente incorrecto. La cuestión aquí es que no importa el tamaño de la mancha, ¡nosotros manchamos un vestido blanco que no nos pertenecía! y no importa qué hagamos para limpiarlo, no podremos nunca dejarlo como estaba. Es por ello que necesitamos desesperadamente a Cristo. Él es el único que puede limpiar las manchas que hicimos.

“Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”. (1 Juan 3:4-9)

Casi inmediatamente después de que el hombre fue creado desobedeció al Señor (Gen. 3), desde entonces se observa, a lo largo de la historia, al ser humano esforzándose por torcer las leyes (la de Dios y la de los hombres) y estirar los límites de ellas. Tan sólo la constitución de los Estados Unidos Mexicanos ha sufrido desde 1917, cerca de 700 enmiendas. En 1919 nuestro país vecino, Estados Unidos, aprobó la decimoctava enmienda a su constitución, conocida como “la ley seca”; en ella se prohibía la venta de alcohol. Sin embargo, debido a la presión que ejercía el crimen organizado, tuvo que ser abrogada unos cuantos años más tarde con la vigesimoprimera enmienda. Un excelente ejemplo de un dicho popular que dice: ¡si no puedes contra el enemigo, únetele! Pero como cristianos este no puede, ni debe ser nuestro dicho, por el contrario, Cristo vino a deshacer las obras del maligno y el pecado en nosotros. Además, como seres humanos podremos cambiar, enmendar, omitir o anular las leyes humanas, pero nunca podremos (por más que unamos fuerzas) cambiar un solo mandato del Señor. 

Punto uno: 
No importa lo que diga la moda actual, ni lo que dicte en este momento el mundo, la Ley de Dios es inmutable y todos la hemos transgredido, necesitamos venir a los pies de Cristo y vivir en obediencia al Padre como Jesús lo hizo. En estos pocos versículos encontramos 9 veces la palabra pecado o sus vertientes, pero curiosamente la palabra pecado no existe como tal en la lengua griega; la palabra más común que se utiliza quiere decir no dar en el blanco, errar. Pero también se utilizan palabras como: iniquidad, perversidad, transgresión, error, mentira, engaño, desobediencia, concupiscencia y caída, ésta última se refiere a la ruptura de una relación correcta con Dios. Como se puede apreciar el pecado abarca varias cosas y de la misma manera también varias áreas. 

La Ley de Dios va más allá de no cometer una acción pecaminosa, Wayne Grudem comenta que “El pecado es no conformarnos a la Ley moral de Dios en acciones, actitudes o naturaleza”. Se trata también de los deseos que hay en nuestro corazón. Esta sociedad está contaminada de pensamientos que dicen que las personas son libres de hacer lo que les plazca siempre y cuando no se dañe a nadie; filosofías que dicen que, si uno no se da cuenta, no pasa nada, inclusive tenemos dichos populares como: “ojo que no ve, corazón que no siente”. Pero esta mentalidad está muy lejos de ser la mentalidad de Cristo, inclusive, el Señor condena lo que hay en nuestro pensamiento: la lujuria, el egoísmo, la codicia son un ejemplo de esto. Pasamos por alto que casi todo comienza en nuestro pensamiento como lo dice el libro de Santiago: “sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Somos descuidados en nuestra forma de pensar; primero porque creemos que nuestros pensamientos no hacen daño; segundo porque creemos que nadie se enterará de ellos y tercero; porque no somos conscientes de la importancia que tienen. Nos permitimos a nosotros mismos vivir en el desorden mental y esto no debe ser así. Debemos estar alerta a los pensamientos que albergamos, ya que es allí donde se anidan las ideas que terminaran siendo nuestras acciones. Debemos poner orden y limites en nuestro pensamiento, dejar la auto indulgencia y volvernos estrictos con nosotros mismos. A medida en que dejemos al Espíritu Santo hacer su obra completa en nosotros y entendamos que nuestro pensamiento define nuestro cristianismo, nos será mucho más fácil dejar los ataques de pánico, la manipulación, la envidia, la codicia y el considerarnos a nosotros mismos superiores a los demás. 

Punto dos: 
Debemos alinear nuestros pensamientos con la Palabra de Dios ya que en nuestra mente se efectúa la primera escala para llegar a la acción de pecar en contra del Señor.

“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio”. 

Debemos recordar que una de las finalidades con las que el apóstol escribe esta epístola es para alertar a la iglesia sobre las falsas doctrinas, en específico la de los gnósticos; estos “maestros” sostenían estar cerca de Dios y ser justos; no le daban ninguna importancia a su manera de actuar, es decir, cometían pecados intencionalmente y sostenían que esto no era relevante en lo más mínimo. Juan explicó en estos versículos una de las características del comportamiento de los falsos maestros: practican el pecado deliberadamente y no sienten arrepentimiento; lo que claramente demuestra que no han sido justificados por Cristo y que siguen siendo hijos del diablo, ya que una persona regenerada no puede pecar sin ser fuertemente incomodada por el Espíritu Santo que mora en ella. “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Cristo vino a vencer las obras del maligno; con su resurrección venció la muerte, con su obediencia perfecta justifica a los pecadores arrepentidos, y aunque Satanás sigue operando en el mundo, ya no controla al creyente y podemos vivir confiados en que llegará un día en que por fin cesará toda la influencia de Satanás en este mundo. “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” Estos versículos a simple vista parecieran no dejar cabida al error humano o al pecado en el creyente, Juan es tajante en toda su carta; en ella todo es blanco o negro, luz o tinieblas, verdad o mentira, hijo de Dios o hijo del diablo; para el apóstol prácticamente, no existen lo que llamamos medias tintas. Pero Juan conoce perfectamente la situación del hombre y la realidad que enfrenta el cristiano con el pecado y sabe que el creyente ocasionalmente caerá en el error. El apóstol Pablo lo explica muy acertadamente en Romanos 7 aseverando que él mismo tiene una lucha; por un lado, quiere hacer el bien y por el otro lado no lo hace, quiere agradar a Dios y cumplir sus mandamientos, pero por otro lado cae en pecado y en la autocomplacencia, “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”. La diferencia entre el creyente y el no creyente es que el no creyente busca complacerse en todo momento así mismo y tiene tan cauterizada su conciencia que no busca a Dios ni obedecerle en lo más mínimo, deliberadamente solapa en sí mismo su pecado y se goza con quien lo practica. Y el creyente, aunque sabe que Cristo ya lo ha limpiado por todos sus pecados pasados, presentes y futuros, lucha en contra de su pecado; se arrepiente, busca con un corazón humilde obedecer y complacer a Dios, de tal manera que, con la ayuda del Espíritu Santo, cada vez va pecando menos y va obteniendo la victoria sobre esa tendencia egoísta y pecaminosa. 

Punto tres: 
El creyente tiene a Cristo quien lo justifica con el Padre de su maldad, pero esto no le da licencia para hacer del pecado un modo de vida rutinario. Por el contrario, si un cristiano persiste deliberadamente en pecar, se debe poner en tela de juicio su salvación. Debemos estar agradecidos con el Señor porque nos equipa para obtener la victoria día a día y no nos dejó solos en nuestra lucha contra el pecado. Como creyentes es necesario que echemos mano de las herramientas que puso a nuestro alrededor; su Palabra, porque a través de ella conocemos a Dios y lo que le agrada y lo que le disgusta; por el Espíritu Santo, ya que él nos redarguye y nos trae convicción de pecado; y por la comunión con otros miembros de su iglesia, ya que nos ayudan a permanecer fieles a Cristo a través de sus oraciones, exhortaciones y restauraciones. El amor del Señor es tan grande que a pesar de que sabe que somos pecadores y seguiremos cayendo eventualmente en errores, nos equipa, nos limpia, nos acepta, nos llama hijos y nos bendice cada día. Que nuestro gozo sea complacerlo a Él antes que a nosotros mismos, que su Espíritu nos dé convicción de pecado y no nos permita jamás amoldarnos o acostumbrarnos a manchar lo que Él, a un precio muy alto, ha dejado completamente limpio.

Ministerio Palabras de Vida.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Fidelidad que aflige


Yo sé, Señor, que tus juicios son justos, y que en tu fidelidad me has afligido. Salmo 119.75 (LBLA)

Sin duda la mayoría de nosotros coincidimos plenamente con la declaración de David en cuanto a los juicios del Señor, que en verdad son justos. Lo creemos de corazón y por eso estudiamos con diligencia su Palabra, para conocer mejor los caminos y los preceptos de Dios. La segunda parte de la declaración del salmista, sin embargo, nos lleva a un plano que es mucho más difícil de aceptar. Unos cuantos, entre nosotros, hasta se opondrían con vehemencia a esta afirmación: que Dios en su fidelidad nos aflige. No nos cuesta creer que las aflicciones son parte de la vida, aunque algunos tienen dificultad aun para aceptar esto, prefiriendo una espiritualidad triunfalista que niega la existencia del dolor, la angustia y el sufrimiento. Nos basta con mirar la vida, no obstante, para ver que las aflicciones están inseparablemente ligadas al mundo en que vivimos. 

Nuestra teología, entonces, nos indica que nuestro Padre celestial permite la existencia de estas aflicciones para nuestro bien y que debemos buscar en él la fortaleza e integridad que necesitamos para sobrellevarlas con fidelidad. En este pasaje, sin embargo, David agrega al tema de las aflicciones una observación que, francamente, nos incomoda. En ella el salmista declara que las aflicciones fueron una demostración del amor del Señor hacia nosotros. ¿Cómo podemos abrazarnos a esta verdad, cuando el sufrimiento produce en nosotros tanta congoja? ¿Quién puede verdaderamente creer que Dios, en su fidelidad, nos aflige? La misma frase hasta parece ser contradictoria, pues la fidelidad, según la entendemos, requiere que Dios nos libre de las aflicciones, ¡no que las produzca!

Si nos trasladamos por un instante al plano de la relación de un padre hacia su hijo, donde normalmente vemos las manifestaciones más puras de fidelidad, podremos entender por qué nos resistimos a la declaración de David. Todo aquel que tiene un hijo le da prioridad a buscar la forma de evitar que su hijo sufra. Puede ser en cosas tan pequeñas como hacerle los deberes para evitarle problemas en la escuela, o en cosas tan grandes como asegurarle el futuro mediante una apelación a personas de influencia en una empresa o en el gobierno. La meta siempre es la misma: evitar que nuestros hijos pasen un mal momento.

Nuestro amor imperfecto, sin embargo, tiene implicaciones a largo plazo. La más fácil de identificar es que ese hijo no tendrá capacidad de enfrentar ni de responder a las adversidades que inevitablemente le presentará la vida. Tampoco desarrollará la grandeza de carácter que solamente se cultiva por medio del dolor. De modo que, evitándole una incomodidad presente, le hacemos daño para el futuro. El Señor invierte en nosotros con la eternidad en mente. Hay aspectos de nuestras vidas que necesitan ser tratados. Hay lecciones que debemos aprender, si es que vamos a caminar en fidelidad por sus caminos. Nuestro carácter debe ser pulido y refinado. Es por esto, entonces, que él no solamente permite la aflicción en nuestras vidas, sino que a veces la produce.

Para pensar:

David revela un aspecto del amor de Dios que no entendemos muy bien. ¿Se anima, de todas maneras, por fe, a darle gracias a Dios porque en su fidelidad nos aflige? ¡Su opinión del Padre cambiará radicalmente cuando comience a hacerlo!

Ministerio Palabras de Vida.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Novedad de vida

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4.22–24

Hay algo que es un permanente motivo de preocupación en la iglesia, en esta amada tierra latina. Me refiero a la falta de evidencia de una conversión moral en los que son del pueblo de Dios. A pesar de que hay personas que tienen años en el «camino», siguen con los mismos comportamientos cuestionables que tenían cuando estaban en el mundo. Somos testigos de que la mentira, la falsedad, la deshonestidad y la falta de transparencia están instaladas en la vida de muchas congregaciones.Si bien esto no es más que una manifestación común en las culturas de nuestros diferentes países, es triste que entre los hijos de Dios estas conductas continúen practicándose en forma natural. 

Pablo, en un extenso pasaje dedicado a este tema, exhorta claramente a los cristianos: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre». La palabra «despojaos» nos indica que la anterior manera de vivir debe ser descartada, enterrada, repudiada; es decir, no hay esperanza para ella. Queda claro que la vieja naturaleza no puede ser redimida. No se trata aquí de buscar la forma de mejorar lo que hacíamos mal en otro tiempo. El que anda en Cristo debe andar en novedad de vida, en un comportamiento enteramente nuevo. La exhortación es tan amplia que bien podríamos creer que la interpretación de la misma queda librada al criterio de cada creyente. 

Para evitar tales conclusiones el apóstol provee claros ejemplos de lo que significa andar en novedad de vida. La nueva vida incluye dejar la mentira (Ef 4.25), la ira (v. 26), el robo (v. 28), las malas palabras (v. 29) y los gritos (v. 31). En su lugar, el discípulo debe andar en la verdad, la ternura, la generosidad y las palabras de edificación y cariño. En el siguiente capítulo Pablo exhorta también a que dejemos de lado las inmundicias, las palabras deshonestas y la truhanería (Ef 5.4). 

La alternativa para los que pertenecemos al reino es la de vestirnos del nuevo hombre. Notamos, una vez más, que no se trata de una reforma del viejo hombre sino de «vestirse» con ropa nueva. La clave para esto es el proceso de transformación de nuestra mente, producida por el Espíritu de Dios. Es por esta razón que el apóstol menciona que el nuevo hombre ha sido creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Es justamente por sus orígenes que sus características son enteramente diferentes a las del viejo hombre.

Para pensar:
Si bien es verdad que todo el pueblo debe vestirse del nuevo hombre, la influencia de los líderes es clave en este proceso. Aquellos que tienen mayor responsabilidad deben ser los que den el ejemplo de una vida éticamente transformada. La honestidad, la sencillez, la verdad y la transparencia deben ser cualidades visibles en la vida de todo ministro de Dios.

Ministerio Palabras de Vida.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Sumisión

Someteos unos a otros en el temor de Dios. Efesios 5.21

La sumisión es un asunto de suma importancia para el discípulo de Cristo. No obstante, existe en la iglesia mucha ignorancia al respecto. Podemos también afirmar que en el nombre de la sumisión se han visto las más terribles manifestaciones de abuso de autoridad. Es bueno, por lo tanto, que meditemos un instante sobre este concepto.

El versículo de hoy nos anima a practicar la sumisión mutua. Es decir, se aleja de la idea que predomina en la mente de muchos líderes de que la sumisión es un camino en una sola dirección; es decir, es algo que practican los miembros de la iglesia hacia los que están en autoridad, mientras que ellos están libres de este compromiso. La exhortación de Pablo es bien clara: «someteos unos a otros». Para demostrar cómo se practica esta sumisión, Pablo escoge tres tipos de relaciones humanas donde existe la reciprocidad, y ejemplifica la clase de actitudes que debemos tener. Estas tres relaciones son el matrimonio, la familia y el trabajo. 

En cada una de ellas la sumisión toma diferentes matices pero es igualmente obligatoria para todas. De modo que, trasladando la figura a la iglesia, se puede afirmar que un pastor no puede insistir en que la sumisión solamente es responsabilidad de los miembros, sino que él mismo también debe practicar la sumisión hacia las personas que pastorea. Es interesante notar, sin embargo, que los mayores abusos en cuanto a la sumisión existen en aquellos líderes que creen que no tienen que dar cuentas a nadie de su comportamiento. En ellos vemos una constante insistencia en «exigir» la sumisión de las personas de su congregación. 

Uno de los principios fundamentales de la sumisión, sin embargo, es que no es algo que se exige sino que se otorga. Es decir, no conseguimos que otros se sometan a nosotros mediante airadas denuncias acerca de su rebeldía, ni usando constantes recordatorios de que deben hacerlo porque la Biblia lo demanda. La sumisión se gana mediante un estilo de vida que invita a otros a someterse a nosotros. Si recorremos las páginas del evangelio no encontraremos una sola instancia donde Cristo les recordara a sus discípulos que debían someterse a él. Sin embargo, todos ellos entendieron que la sujeción era un elemento indispensable para una relación sana con él. 

El apóstol nos deja un segundo principio en el versículo de hoy, y es que la sumisión debe ser en el temor de Dios. Frecuentemente no practicamos la sumisión porque no vemos en la otra persona las características que «merezcan» nuestra sumisión. Pablo aclara que, a la hora de practicar la sumisión, no debe inspirarnos la figura de la otra persona, sino que debemos hacerlo por temor a Dios. Lo que nos motiva es que entendemos que la sumisión es algo que agrada a nuestro Padre. De hecho, el Señor ha trabajado intensamente en la vida de todos sus grandes siervos para enseñarles la sumisión, pues sin la sumisión es imposible agradarle. Aun el Hijo de Dios practicó la sumisión absoluta a la voluntad del Padre.


Ministerio Palabras de Vida.


martes, 12 de septiembre de 2017

La Bendición de ser Autentico


Saúl vistió a David con sus ropas, puso sobre su cabeza un casco de bronce y lo cubrió con una coraza. Ciñó David la espada sobre sus vestidos y probó a andar, porque nunca había hecho la prueba. Y dijo David a Saúl: No puedo andar con esto, pues nunca lo practiqué. Entonces David se quitó aquellas cosas. 1 Samuel 17.38–39

Vemos en nuestras iglesias es la tendencia a la imitación. Un evangelista conocido golpea su Biblia y camina por la plataforma durante sus predicaciones, y seguramente veremos la aparición de otros evangelistas que golpean sus Biblias y caminan de la misma forma. Un músico de renombre usa ciertas frases para motivar al pueblo, y al poco tiempo encontramos que las mismas frases se repiten donde quiera que vayamos. Un famoso pastor viste un traje blanco con zapatos negros, y pronto nos vemos rodeados de predicadores con trajes blancos y zapatos negros.

Lo que revela este fenómeno es nuestra tendencia a creer que la bendición de Dios está en las formas, y no en la persona que está detrás del ministerio. Creemos que atrapar las manifestaciones externas asegura la bendición que ha acompañado el ministerio del otro.

Cuando David se ofreció para enfrentar a Goliat, Saúl se mostró escéptico: «tú eres un muchacho, mientras que él es un hombre de guerra desde su juventud». El hijo de Isaí, sin embargo, estaba decidido a proseguir con su cometido. Frente a su insistencia, el rey decidió prestarle su equipo de guerra. Quizás por respeto, el joven pastor de ovejas se colocó la pesada armadura y empuñó la espada, pero encontró que eran demasiado incómodas como para serle útiles. Optó entonces por las herramientas que utilizaba todos los días, el callado y la honda.

Existe un principio importante detrás de este incidente. Si el Señor va a usar a una persona, será con las habilidades que Dios le ha dado y no con las habilidades que le ha dado a otros. La iglesia no necesita de réplicas. Necesita de hombres y mujeres que sean fieles con lo que han recibido. Si usted se esfuerza por ser lo que no es, nadie podrá reemplazar el lugar que usted deja vacío. Dios lo capacitó a usted para ocupar ese lugar. No se avergüence de ser lo que es, ni de las herramientas que tiene a mano. Quizás no sean tan impresionantes como las que otros tienen, pero son las herramientas que le han sido útiles en el pasado.

No pida disculpas por ser de la manera que es. La bendición del Señor descansa sobre su vida cuando usted es genuinamente lo que Dios le ha mandado a ser. Ninguna imitación podrá ser tan buena como el original. Levante la frente y avance confiado. ¡Dios está con usted!

Para pensar:

¿Conoce las herramientas que Dios le ha dado para que ejerza el ministerio encomendado? ¿Cómo puede desarrollar mejor los dones que ha recibido? ¿Cuáles cree que serían las consecuencias de desarrollar el ministerio con herramientas prestadas?



Ministerio Palabras de Vida.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Desde mi ventana

SI POR LA MADRUGADA me asomo a mi ventana, puedo ver pasar a las 5:30 el primer tranvía. Y aunque no me asome, los temblores y el ruido producidos por las deterioradas vías igual llegan hasta mi quinto piso y casi siempre logran interrumpir mi sueño, si es que no lo consiguió ya media hora antes el almuédano de la mezquita, ubicada a media cuadra de aquí. Los altavoces alrededor del alminar están casi a la altura de mi balcón y ni siquiera a esas tempranas horas mengua en lo más mínimo el denodado llamado a la oración: «¡Alaaaaahu … ákbar …! ¡Alaaaaahu … ákbar …!» (Alá es grande). Supongo que algunos fieles han de estar haciendo sus rezos, pero las calles se ven todavía desiertas y casi todas las demás ventanas permanecen aún oscuras.

Poco a poco comienza a aclararse el cielo. En dirección al este, las pirámides de Giza no se alcanzan a divisar por los edificios y la neblina. Un palomar, asentado sobre el techo de una obra en construcción de tres pisos hecha de barro y cañas, empieza a cobrar vida y pronto las palomas se remontarán en sus vuelos matinales sobre los edificios circundantes, también hechos de barro y ubicados sobre apretadas callejuelas de tierra. A la distancia, junto al río Nilo, se levantan modernas y altas torres de departamentos, pero este barrio aquí parece una aldea transplantada del campo.

Ya se va tornando más pesado el tránsito y la gente empieza a acumularse en la parada del autobús: hombres luciendo sus trajes y campesinas vestidas todas de negro, llevando un pequeño niño al hombro o algún bulto sobre su cabeza. Un perro rebusca entre los desechos que alguien tiró en la calle y las gallinas también han salido a la vereda de tierra alrededor de la parada, donde más tarde los mismos vecinos atarán sus ovejas. Nadie parece prestarle demasiada atención a esta pequeña y semi-desatendida chacra metropolitana.

Ahora las mujeres de la aldea, tras lavar sus ropas, están saliendo con los baldes de agua sucia para tirarlos en un desagüe tapado que se desborda hacia la calle empedrada de los tranvías, evitando—por lo menos—, transformar en barrial intransitable sus propias callejuelas. Unos niños corretean entre los vehículos persiguiendo descalzos a algún trompo o a su hermanito. Dos señores, luciendo largas galabeyas y blancos casquetes de oración, se acompañan tomados del brazo y conversando animadamente. Un panadero con turbante, balanceando sobre su cabeza una tabla cargada con unos quince kilos del chato pan báladi, se dirige en bicicleta hacia la plaza. El basurero con sus burros, acompañado de alguna de sus hijas, también anda con el carro casi repleto.

El sol empieza ya a dar de lleno sobre la calle y a secar el agua que se había acumulado. Llegando a su cenit, se producirá una nueva apelación a través de los altavoces para recordar que Alá es el más grande y que se debe hacer la oración.

Para las 14:00, los autobuses del centro vendrán desbordados de pasajeros, y hacia las 15:30, empezará a tranquilizarse el bullicioso tránsito, hora en la que se hará oír nuevamente el llamado a inclinarse a Dios hacia La Meca. La ropa colgada de terrazas, ventanas y balcones ya está bien seca y comenzando a juntar el polvillo que sube de la calle. Pronto, los hombres se irán congregando en el café de la esquina o en el de enfrente para tomar sus tés, jugar al dominó y charlar hasta tarde con sus compañeros de siempre.

El sol ahora penetra en mi cuarto y deja caer sus últimos rayos rojizos sobre las hojas sucias del único árbol a la vista: una solitaria y vieja palmera. Sin lugar a dudas, el almuédano en la mezquita ya estará encendiendo el micrófono y controlando los pocos minutos que le restan hasta la puesta del sol. Es el momento de comenzar a repetir otro llamado a la oración. Dentro de una hora y media lo volverá a efectuar por quinta y última vez.

A la distancia se oye el rebuznar quejoso de un burro cansado. A través de algún otro altavoz, también se escucha la recitación semi-cantada de unas suras del Corán. Seguramente proceden de una de esas ceremonias trasnochadas que se llevan a cabo bajo una gran carpa de lonas coloridas armada en cualquier callejón, para procurar ayudar a algún difunto del barrio a mejorar sus probabilidades de entrar en el paraíso. Más acá, las banderas rojas y los bocinazos persistentes de unos coches en caravana pregonan el más reciente triunfo de algún equipo futbolístico.

Para las 22:00, la mayoría vuelve de visitar parientes o mirar vidrieras, y las luces en las ventanas, una a una, se van extinguiendo hasta que con el último tranvía de las 23:30 ya reina el silencio de la noche. Es interrumpido solamente por el maullar de unos gatos y el adelantado anuncio de dos gallos cantando el próximo inicio de otro día igual al de hoy.


Bertuzzi, F. A. (2003). Latinos en el mundo islámico (pp. 10–14). Santa Fe - República Argentina: PM Internacional - Dpto. de Publicaciones.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Preparados para toda circunstancias



Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno. Marcos 9.29

No sabemos qué es lo que produjo mayor frustración en los discípulos: El hecho de que no habían podido sanar al epiléptico, o la explicación que Jesús les dio acerca de por qué no pudieron hacerlo.

No ha de sorprendernos que los discípulos se sintieran un tanto mortificados. En lugar de encontrar la salida para el muchacho, se habían enredado en una discusión con los fariseos. Cuando Jesús llegó, se ocupó del muchacho con una sencillez y autoridad que marcaba un dramático contraste con la inseguridad de los discípulos. ¡De seguro que se sintieron avergonzados por su falta de efectividad y esto los llevó a pedir una explicación!
La respuesta del Maestro, sin embargo, no esclarecía mucho el panorama. ¿Por qué él dijo que era necesario orar (y ayunar, según algunos manuscritos antiguos)? La verdad es que él no oró ni ayunó en esta ocasión. Simplemente indagó un poco sobre el historial del muchacho y luego expulsó el demonio. ¡Así de fácil! ¿Cómo podía, entonces, señalar la oración y el ayuno como el «secreto» del éxito logrado? ¿Se refería, acaso, a que los discípulos debían orar, aunque él no lo había hecho, porque ellos no tenían la autoridad que él tenía? La verdad es que dudo que fuera esta su intención.

El comentario de Jesús indica que la oración debe ser una parte fundamental del armamento que el siervo de Dios utiliza para enfrentar el mal. Pero el momento para echar mano a la oración no es cuando la batalla ya está librada. No podemos detenernos para afilar nuestra espada cuando tenemos al enemigo encima nuestro. Cuando llega la situación que requiere de una enérgica y rápida intervención, el siervo de Dios debe actuar. El momento para orar, en cambio, es antes de la batalla. Solamente por medio de la oración podrá obtener la sabiduría y la autoridad necesarias para que su ministerio sea efectivo. Seguramente esta es una de las razones por las que Jesús frecuentemente se apartaba a lugares solitarios para orar.

En esta ocasión, Jesús venía del monte de la Transfiguración, donde había participado de una singular experiencia con el Padre. Sus sentidos espirituales estaban agudizados. En un sentido, cuando bajó al llano, él ya venía «orado», de modo que cuando se presentó la oportunidad de ministrar, pudo intervenir en forma decisiva.

Esta ha sido, también, la característica de todo ministerio efectivo a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Quienes han dirigido estos ministerios siempre se han caracterizado por ser personas con vidas de oración bien desarrolladas. Así también debe ser entre nosotros. Nuestra labor pastoral constantemente nos enfrenta a situaciones ministeriales imprevistas. Muchas de ellas no nos dan tiempo para prepararnos. Más bien, debemos actuar en ese mismo instante. ¿Cómo no aprovechar, entonces, los tiempos de quietud y silencio para cultivar esa vida espiritual que marcará la diferencia a la hora de actuar? ¡Si aspiramos a derrotar al enemigo, debemos mantener siempre afiladas nuestras espadas!

Para pensar:

¿Cuánto tiempo invierte a diario en cultivar su vida espiritual? ¿Cuáles son las actividades que usa para esto? ¿En qué aspectos de este ejercicio espiritual cotidiano necesita mejorar?

Ministerio Palabras de Vida

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La corrección que restaura



Porque el siervo del Señor no debe ser amigo de contiendas, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe corregir con mansedumbre a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad. 2 Timoteo 2.24–25

Desviarse hacía la derecha o la izquierda es una tendencia natural en el ser humano y nuestra responsabilidad pastoral exige que estemos comprometidos con «apartar de la maldad» (Mal 2.6), a muchos. La manera en que hacemos esta tarea, sin embargo, es un tema que debemos considerar con mucho cuidado.

Pablo recuerda a Timoteo, en primer lugar, que el siervo de Dios no debe ser la clase de persona que se enreda en discusiones inútiles y acaloradas. Esta es una exhortación que el apóstol repite varias veces en sus dos cartas al joven pastor. Tendemos a creer que la verdad penetra el corazón de aquellos con los cuales estamos hablando, por la elocuencia y la vehemencia de nuestros argumentos. Nuestras enérgicas discusiones, sin embargo, frecuentemente delatan una falta de paciencia y amabilidad para con aquellos que ven las cosas de manera diferente que nosotros.

En segundo lugar, Pablo enseña a su hijo espiritual que ha sido llamado a ser sufrido. Esto tiene que ver con la capacidad de saber cuándo es tiempo de callar. Nuestra responsabilidad es advertir y exhortar al cambio, pero no podemos insistir en que la otra persona reciba nuestro consejo. A veces, como pasó con Pedro cuando se le advirtió que iba a traicionar a Cristo, debemos callarnos y dejar que la otra persona prosiga con su necedad. El Maestro repitió dos veces su advertencia; luego, calló. Sabía que sus palabras seguirían trabajando en el corazón de Pedro para producir, a su tiempo, el fruto necesario. El sufrimiento viene cuando sabemos que el otro va a lastimarse y no podemos hacer nada para evitarlo.

En tercer lugar, Pablo advierte que toda corrección debe ser llevada a cabo con un espíritu de ternura. Muchas veces, nuestras correcciones toman la forma de denuncias acaloradas, llenas de ira y condena. Pero el siervo de Dios debe moverse con un espíritu de cariño porque entiende claramente que no es él quien va a producir el arrepentimiento en la otra persona. Posee una profunda convicción de que está en las manos de Dios producir ese cambio en el corazón de la otra persona. La corrección que hace, por lo tanto, es un aporte que debe complementar el trabajo que el Señor está realizando en la vida del otro. De esta manera, el siervo entrega la palabra y descansa, confiado en la obra soberana del Espíritu, cuya función, entre otras, es «convencer al mundo de pecado» (Jn 16.8).

Cuando veamos a alguien en pecado, acerquémonos para dar la Palabra en su medida justa. Que el resto de nuestra energía sea canalizada en hablarle a Dios de lo que estamos viendo en la vida de la otra persona. ¡Seguramente nuestra corrección será mucho más efectiva!

Para pensar:

¿Cuál es su reacción inicial cuando ve a otros en actitudes o comportamientos incorrectos? ¿Qué revela esto acerca de su persona? ¿Qué cosas necesita incorporar a su actitud pastoral para ser más tierno con aquellos que corrige?


Ministerio Palabras de Vida.