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sábado, 9 de septiembre de 2017

Desde mi ventana

SI POR LA MADRUGADA me asomo a mi ventana, puedo ver pasar a las 5:30 el primer tranvía. Y aunque no me asome, los temblores y el ruido producidos por las deterioradas vías igual llegan hasta mi quinto piso y casi siempre logran interrumpir mi sueño, si es que no lo consiguió ya media hora antes el almuédano de la mezquita, ubicada a media cuadra de aquí. Los altavoces alrededor del alminar están casi a la altura de mi balcón y ni siquiera a esas tempranas horas mengua en lo más mínimo el denodado llamado a la oración: «¡Alaaaaahu … ákbar …! ¡Alaaaaahu … ákbar …!» (Alá es grande). Supongo que algunos fieles han de estar haciendo sus rezos, pero las calles se ven todavía desiertas y casi todas las demás ventanas permanecen aún oscuras.

Poco a poco comienza a aclararse el cielo. En dirección al este, las pirámides de Giza no se alcanzan a divisar por los edificios y la neblina. Un palomar, asentado sobre el techo de una obra en construcción de tres pisos hecha de barro y cañas, empieza a cobrar vida y pronto las palomas se remontarán en sus vuelos matinales sobre los edificios circundantes, también hechos de barro y ubicados sobre apretadas callejuelas de tierra. A la distancia, junto al río Nilo, se levantan modernas y altas torres de departamentos, pero este barrio aquí parece una aldea transplantada del campo.

Ya se va tornando más pesado el tránsito y la gente empieza a acumularse en la parada del autobús: hombres luciendo sus trajes y campesinas vestidas todas de negro, llevando un pequeño niño al hombro o algún bulto sobre su cabeza. Un perro rebusca entre los desechos que alguien tiró en la calle y las gallinas también han salido a la vereda de tierra alrededor de la parada, donde más tarde los mismos vecinos atarán sus ovejas. Nadie parece prestarle demasiada atención a esta pequeña y semi-desatendida chacra metropolitana.

Ahora las mujeres de la aldea, tras lavar sus ropas, están saliendo con los baldes de agua sucia para tirarlos en un desagüe tapado que se desborda hacia la calle empedrada de los tranvías, evitando—por lo menos—, transformar en barrial intransitable sus propias callejuelas. Unos niños corretean entre los vehículos persiguiendo descalzos a algún trompo o a su hermanito. Dos señores, luciendo largas galabeyas y blancos casquetes de oración, se acompañan tomados del brazo y conversando animadamente. Un panadero con turbante, balanceando sobre su cabeza una tabla cargada con unos quince kilos del chato pan báladi, se dirige en bicicleta hacia la plaza. El basurero con sus burros, acompañado de alguna de sus hijas, también anda con el carro casi repleto.

El sol empieza ya a dar de lleno sobre la calle y a secar el agua que se había acumulado. Llegando a su cenit, se producirá una nueva apelación a través de los altavoces para recordar que Alá es el más grande y que se debe hacer la oración.

Para las 14:00, los autobuses del centro vendrán desbordados de pasajeros, y hacia las 15:30, empezará a tranquilizarse el bullicioso tránsito, hora en la que se hará oír nuevamente el llamado a inclinarse a Dios hacia La Meca. La ropa colgada de terrazas, ventanas y balcones ya está bien seca y comenzando a juntar el polvillo que sube de la calle. Pronto, los hombres se irán congregando en el café de la esquina o en el de enfrente para tomar sus tés, jugar al dominó y charlar hasta tarde con sus compañeros de siempre.

El sol ahora penetra en mi cuarto y deja caer sus últimos rayos rojizos sobre las hojas sucias del único árbol a la vista: una solitaria y vieja palmera. Sin lugar a dudas, el almuédano en la mezquita ya estará encendiendo el micrófono y controlando los pocos minutos que le restan hasta la puesta del sol. Es el momento de comenzar a repetir otro llamado a la oración. Dentro de una hora y media lo volverá a efectuar por quinta y última vez.

A la distancia se oye el rebuznar quejoso de un burro cansado. A través de algún otro altavoz, también se escucha la recitación semi-cantada de unas suras del Corán. Seguramente proceden de una de esas ceremonias trasnochadas que se llevan a cabo bajo una gran carpa de lonas coloridas armada en cualquier callejón, para procurar ayudar a algún difunto del barrio a mejorar sus probabilidades de entrar en el paraíso. Más acá, las banderas rojas y los bocinazos persistentes de unos coches en caravana pregonan el más reciente triunfo de algún equipo futbolístico.

Para las 22:00, la mayoría vuelve de visitar parientes o mirar vidrieras, y las luces en las ventanas, una a una, se van extinguiendo hasta que con el último tranvía de las 23:30 ya reina el silencio de la noche. Es interrumpido solamente por el maullar de unos gatos y el adelantado anuncio de dos gallos cantando el próximo inicio de otro día igual al de hoy.


Bertuzzi, F. A. (2003). Latinos en el mundo islámico (pp. 10–14). Santa Fe - República Argentina: PM Internacional - Dpto. de Publicaciones.

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