jueves, 28 de septiembre de 2017

La Mujer

En Proverbios 31 encontramos una descripción precisa de lo que es una mujer temerosa de Dios; en ella se alaba la devoción y la fe que tiene al Señor y la sujeción que le tiene a su marido. Se le describe como una mujer sabia, trabajadora, amable, misericordiosa, confiable, sumisa, apacible, prudente y temerosa del Señor, cuyo testimonio provoca la alabanza de otras personas hacia su marido.

En las epístolas pastorales se remarca la necesidad de que la mujer joven sea enseñada a ser esa mujer virtuosa y se delega esa responsabilidad a las mujeres mayores, quienes, sin duda alguna, constituyen el grupo más segregado que ha existido a lo largo de la historia, pero al que Dios le ha dado una encomienda sin igual.

“Las ancianas asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”. Tito 2:3-5

El aspecto de una mujer dice mucho de ella. La manera en la que viste y se arregla te habla acerca de lo que hay en su interior, de sus prioridades y de su relación con Dios. En un pasaje paralelo en 1 de Timoteo 2, Pablo explica más detalladamente la exhortación que les hace a las mujeres respecto a su aspecto físico: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos”.

Pablo deja claro cómo debe ser el aspecto femenino: reverente, decoroso, modesto, pudoroso; sin llamar la atención. En aquellos días las mujeres perdían horas arreglando sus cabellos con trenzas adornadas con hilos de oro y de plata; sus vestidos y atavíos eran exagerados tanto en el precio cómo en lo exuberante, pero, aunque las modas cambian con el tiempo, la vanidad sigue estando ligada íntimamente al corazón de la mujer.

En ninguna manera Pablo está diciendo que una mujer cristiana deba descuidar su aspecto físico, andar sucia, desarreglada, causando penas o usar burkas y túnicas largas. Lo que quiere decir es que se vista y se arregle acorde a la fe que profesa; una mujer de Dios le dará siempre (inclusive en su aspecto) la gloria a su Señor.

Una mujer entregada a Dios ama a su prójimo y por ello difícilmente se vestirá provocativamente; ella es consciente de que puede arrastrar a un hombre al pecado de la lujuria. La mujer que verdaderamente cree lo que la Biblia dice, sabe que la vejez es símbolo de bendición “corona de honra es la vejez que se halla en el camino de justicia” (Prov.16:31) y que el Señor le pide velar por los necesitados, “porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra” (Dt. 15:11) por ello, es improbable que pierda su tiempo, su dinero y su paz intentando retrasar su envejecimiento a costa de productos u operaciones estéticas carísimas.

Pablo pide a las ancianas que no sean calumniadoras. La palabra griega que utiliza para calumniadora es diabolous, este término se utiliza en varias ocasiones para describir a Satanás. Él es el padre de mentira, es engañador, acusador y embustero. Es muy común que las mujeres lleguen a comportarse de este modo; el sexo femenino tiene la fama de ser chismoso y de torcer la verdad, al igual que Satanás.

Cuando una mujer sostiene prácticas como estas, vienen divisiones y pleitos que debilitan su propio caminar con Cristo y el de los demás a su alrededor. Sin embargo, la mujer cristiana debe reconocer que la calumnia es un mal hábito que diezma y lastima profundamente a la iglesia; mantenerse lejos de estas costumbres y no tolerar que otras personas digan calumnias alrededor de ella.

El alcoholismo era el vicio dominante de los Cretenses, inclusive era elogiada una persona que tomaba mucho vino, es por ello que no es extraño que Pablo exhorte a las mujeres a no ser esclavas de este problema que en la actualidad sigue siendo tan común.

Cuando alguien está alcoholizado deja de tener dominio propio, los efectos del alcohol dominan a la persona, nublan su juicio y es mucho más sencillo quebrantar la ley de Dios y de los hombres. En Proverbios 31:4-7, la madre del rey Lemuel exhorta a su hijo con estas palabras “No es de los reyes, oh Lemuel, no es de los reyes beber vino, Ni de los príncipes la sidra No sea que bebiendo olviden la ley, y perviertan el derecho de todos los afligidos. Dad la sidra al desfallecido, Y el vino a los de amargado ánimo. Beban, y olvídense de su necesidad, Y de su miseria no se acuerden más”. Y me encantan estos versículos porque hacen evidente que en Cristo nadie tiene necesidad del vino; en Cristo no hay cabida para el ánimo amargado, ni para sentirse desfallecido ya que, aunque el creyente este afligido encuentra su paz en Dios, no en la embriaguez.

También cabe mencionar que la Biblia no prohíbe tomar vino en ninguna parte, lo que si prohíbe es embriagarse (Efesios 5:28) ser dado a mucho vino o a ser esclavo de él (1Tim. 3:8) pero recomienda en versículos como Romanos 14:21, a abstenerse de él cuando haga tropezar a una persona.

“Maestras del bien; que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos”.Una mujer madura espiritualmente ha aprendido a hacer el bien, ha aprendido que continuamente se tiene que negar a sí misma para aprovechar las oportunidades de mostrar a las personas, a través de sus buenas obras, el amor, la gracia y la misericordia de Dios.

A estas mujeres maduras que han aprendido a hacer el bien, Pablo las exhorta a enseñar a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos. Y aunque muchas veces damos por sentado que todos sabemos lo que es amar y que no tenemos que aprender nada, la verdad es que el amor bíblico no es algo que se dé en las personas naturalmente.

El amor que enseña la Biblia es sacrificial; poner los deseos y necesidades de los demás antes que los de uno mismo. Sin nadie que le enseñe, el amor de una esposa continuamente es demandante y egoísta. Comúnmente está centrado en ella misma, en lo que piensa que se merece y en lo que ha aprendido de las novelas, del mundo y de otras mujeres mal informadas e influenciadas por la filosofía de moda.

Se ha vuelto tan normal escuchar frases como: “nadie te enseña a ser padre”, que casi se hace una regla de esto y sin embargo una de las cosas que Dios les pide a las ancianas es precisamente lo contrario “que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus hijos”. Podríamos creer que el amor de una madre se da de manera natural, sin embargo, de la misma manera que se puede dañar la relación con el esposo, también se puede dañar y distorsionar la relación con los hijos por falta de conocimiento, entendimiento y la práctica del amor bíblico.

Pablo exhorta a los ancianos y a los jóvenes a ser prudentes. La prudencia es elogiada y alabada en varios libros de la Biblia. Y es que la prudencia es de suma importancia, pero al igual que el amor, debemos ejercitarla y aprenderla. Sófocles decía que “La prudencia es la base de la felicidad”. La Biblia enseña que la base de la felicidad para un cristiano es Cristo, pero sin duda no podemos negar que ser una persona prudente trae paz a su entorno y a su familia, es por ello que el Señor pide a las mujeres a enseñar prudencia a las jóvenes.

A veces se levanta una barrera entre la vejez y la juventud respecto a los temas sexuales y la castidad; aún en el siglo XXI no es tan común que se traten estos temas entre mujeres y menos en la iglesia, y, sin embargo, cada vez es más y más común escuchar que la mujer comete adulterio, ve pornografía o tiene dudas respecto a su inclinación sexual.
Las ancianas cristianas no deben darse el lujo de hacerse a un lado y seguir tratando estos temas con miedo, por encimita o dándoles la vuelta. La verdad es que la Biblia habla de estos temas de una manera muy directa y concisa.

No es el papel de los pastores, ni de los ancianos enseñar a las mujeres jóvenes acerca de estos temas en privado, al contrario, un hombre no debería enseñar directamente (a menos que sea desde el púlpito o en grupo) a las mujeres sobre estas cosas para evitar caer en tentación, es por ello que Pablo en sus epístolas pastorales les encarga esto a las ancianas.

“No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia.” (1 Corintios 7:5) consejos directos y prácticos como este pueden salvar a un matrimonio del dolor de un adulterio.

En la actualidad, la mujer ha ido perdiendo, como nunca antes en historia de la humanidad, su papel como ama de casa. El feminismo se ha ido infiltrando aún en las iglesias, y la falsa creencia de que la mujer debe trabajar para su realización personal ha ido menguando su responsabilidad cristiana dentro de su hogar.

Por otro lado, en Proverbios 7 nos habla de la mujer alborotadora que no sabe estar en casa, que a veces está en la calle y otras en las plazas, pero la verdad es que en cualquiera de los dos casos, por estar trabajando o por estar de alborotadora, es fácil que la mujer joven se pierda la bendición de honrar a Dios en su encomienda irreemplazable de ser ama de casa.

Es por ello que el deber de las ancianas es recordar y enseñar a las jóvenes a ser cuidadosas de lo que pasa en su hogar, desde el orden, hasta estar pendientes en todo sentido de sus hijos; cuidar lo que ven, lo que visten, sus amistades y actitudes.
La sujeción en la mujer, volviendo al tema del feminismo, ha sido un tema de muchísima controversia y definitivamente estoy convencida que ha sido uno de los temas más tergiversados en la Palabra desde el final del siglo pasado y principios de este. El Señor creó al hombre y a la mujer con la misma importancia, pero con diferentes roles (1 Cor.11:3,11-12).

A lo largo de las Escrituras el Señor demanda que la mujer esté en sujeción a su marido; alguien tiene que llevar el timón y Dios decidió que fueran los hombres quien lo llevaran. Es necesario que las ancianas levanten su voz y enseñen el orden divino porque en la actualidad ya es normal ver que la mujer es quien dirige y el hombre el que sigue y ese nunca ha sido el plan de Dios.

En un libro que escribieron John Piper y Wayne Grudem respondieron preguntas acerca de la femineidad y la masculinidad, y expresaron este pensamiento “creemos que el abuso de la esposa (y del esposo) tienen raíces profundas en el fracaso de los padres de impartir a sus hijos e hijas el significado de la verdadera masculinidad y la verdadera feminidad. Las confusiones y frustraciones de la identidad sexual generalmente estallan en comportamientos que hacen daño. La solución no es minimizar las diferencias de género (lo que derivará en cuestiones desafiantes) sino enseñar en el hogar y en la iglesia cómo se expresan la verdadera hombría y la verdadera feminidad en los amorosos papeles complementarios del matrimonio”.

Es de vital importancia que la mujer madura en el Señor haga caso del mandato de Dios y enseñe a las mujeres jóvenes a cumplir con excelencia su papel, para que la Palabra de Dios no sea blasfemada, ni por su esposo, ni por sus hijos, ni por las personas de afuera. De esta manera las señoras jóvenes influirán cristianamente dentro de la sociedad corrompida en la que vivimos; el mundo podrá atestiguar que verdaderamente Dios existe, que su orden es perfecto y se propagará el evangelio de Cristo.

“Para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas” (1 Ped.3:1b).




Ministerio Palabra de Vida
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