lunes, 2 de octubre de 2017

Golpe de Timón


Cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. Entonces, pasando junto a Misia, descendieron a Troas. Una noche, Pablo tuvo una visión. Un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: «Pasa a Macedonia y ayúdanos». Hechos 16:7–9

Este incidente en la vida del equipo misionero que viajaba con el apóstol nos ofrece valiosas lecciones acerca de la relación que debe existir entre los que hacen la obra y el Espíritu. Nos recuerda que servimos a Dios y que nuestro deseo debe ser siempre estar caminando en las obras que «Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas» (Ef 2.10).

No debemos olvidar que Cristo dejó instrucciones específicas a los discípulos cuando ascendió al Padre: «me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra» (Hch 1.8).

Habiendo recibido tales directivas, pensaríamos que ahora lo único necesario era comenzar a cumplirlas. En esto, Pablo no hacía más que buscar la manera de extender el reino hasta lo último de la tierra. Teniendo posesión de las directivas generales, la mismas quedaba en sus manos. Esta postura, sin embargo, hace innecesaria la obra del Espíritu, el cual ha sido dado para guiar a los hijos de Dios (Ro 8.14) y claramente contradice el estilo del libro de Hechos. Allí encontramos mucha evidencia de la manera en que obra nuestro Señor en sus proyectos, participando plenamente de ellos a cada paso del proceso. No desea que sus hijos descarten en ningún momento el saludable hábito de incluirlo en todo lo que hacen. Es por esta razón que no puedo evitar cierta incomodidad con esos planes evangelísticos y misioneros donde dividimos la ciudad o el mundo en sectores y asignamos cada parte a diferentes grupos. No hay nada de malo con la idea; solamente que es muy racional y humana. La manera en que Dios guía parece ser enteramente diferente a estos planes elaborados con el uso de estrategias sistemáticas.

Él sabe cuáles son los lugares particulares y el momento oportuno para nuestra colaboración. Si bien no pierde de vista el objetivo final, los pasos puntuales los tiene que determinar él, usando un sinfín de elementos que desconocemos por completo. Conocer su voluntad, entonces, pareciera requerir de una permanente comunicación con el Señor, acompañada de una sensibilidad absoluta a las maneras en que quiera corregir nuestros pasos mientras vamos por el camino que, según entendemos, nos ha marcado. Lo que sí parece evidente es que el Señor no revela su voluntad a las personas que están sentadas esperando conocer sus deseos antes de ponerse en marcha. Tenemos suficientes directivas generales para saber en qué dirección comenzar a caminar. Es mientras caminamos que él hará las correcciones necesarias para que lleguemos al destino indicado. Esto presupone, de nuestra parte, una disposición a ser corregidos y un deseo de abandonar nuestro plan para apropiarnos de su plan. No es una mala manera de trabajar.

¡La iglesia de Hechos consiguió convulsionar el mundo romano con esta estrategia!

Para pensar:
¿Cómo descubre la voluntad de Dios para su ministerio? ¿Qué parte tiene el Señor en la elaboración de estos planes? ¿Qué pasos toma para que el Señor los pueda modificar, si fuera necesario?

Ministerio Palabras de Vida.
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